Dolores, 24 de octubre de 2006

 

 

 
 Poesías doloreñas  
 

Gloria Dodino Ayzaguer

 

La Madre

Lleva en el vientre una cuna

que mece, desde la idea

de esa célula pequeña

germinando entre sus venas.

Y serán cunas sus brazos

y palomas mensajeras

sus manos, blancas y suaves,

lo mismo si fueran negras.

Se harán pétalos sus labios

besando la piel de seda,

que un solo dedo acaricia

sobrando la mano entera.

Es feliz.  ¡Tanto amor!

la enciende como una hoguera.

Se le hace espuma en el pecho,

en su latir, gorgotea.

Si no lo puede creer,

que de su carne naciera.

Lo mira y de sus ojos

vuelan cascadas de estrellas.

Su voz se ha hecho susurro.

Su aliento, miel y manteca

para nombrar a su hijo

son melodías las letras.

Porque su niño es ¡hermoso!

¡No hay otro igual!, no lo encuentra.

En ese mismo momento

le entrega su vida entera.

Es "Su" hijo.  Ella, "Madre"

¡Madre! palabra inmensa.

 

 Segunda Mención en Poesía

Cuarto Concurso Literario Nacional "Día de la Madre",

realizado en Campana (Argentina) el 4 de octubre de 2003

 


 

 

El espejo

 

Esta  mañana, entraste al cuarto.

Te vi… diferente.

Son muchos los años, en que te conozco,

casi;  reflejaba tus primeros pasos.

Luego ya niña, en mi te mirabas

el lápiz de “mami” pintando tus labios

con zapatos grandes, de tacos muy altos,

ser grande querías, en mí lo soñabas.

Pasaron los años…

Un día viniste con traje de novia

estaba ¡tan linda! tu cara rosada,

un beso me diste, así, sorpresivo

y vi entre tus dedos alianza dorada.

Vinieron los hijos.  Yo te observaba,

Besar sus manitas, cuando amamantabas.

Por un tiempo largo… ni caso me hacías,

en mí te mirabas… mas no te veías.

Tomaste el cepillo.  Notaste en tus manos

manchitas marrones, que no las tenías.

De frente o costado, me pesa decirte

que has engordado.

Levantaste el pelo, descubriste canas,

Y vi tu moral rodar por el suelo.

Pusiste tus codos, sobre el albo mueble,

cayó tu cabeza entre tus dos manos

que lloré contigo, lágrimas amargas,

Por lo que tenías, y habías perdido.

¡Déjame! Decirte ya que soy tu amigo

cosas obtuviste, por las que han faltado.

Tienes lindos hijos que ante mí se arreglan,

una casa limpia, un jardín cuidado.

Todo eso lo han hecho, lo han hecho tus manos.

Esas arruguitas que tu rostro muestra

son de las sonrisas que has prodigado.

¿Qué quieres? muchacha, los años pasaron

¿a qué no cambias todo lo que tienes,

por esa belleza de tus veinte años?

Tus ojos contemplan los hijos crecidos,

En tu casa tienes de amor todo un nido.

¡Qué feliz que eres!

Qué agradecimiento debes a tu dios

que lo ha permitido.

Deja la tristeza, la belleza es vana,

te lo he dicho yo, en esta mañana.

¡anda! vive, ríe, que tu espejo amigo

refleja lo bello de tu alma guardada.     

   


    

 

 Necesito un amigo

 

Necesito un amigo.

alguien que me escuche, también me responda.

Está tan sola mi alma en este andar incierto,

como en un gran océano, sola, sin remos,

a merced del viento.

Sólo una voz anhelo, con calidez de amigo,

aunque no te conozca, aunque no me conozcas,

con la magia infinita de las ondas sonoras,

en mi mente se crea, lo que mi ser añora;

y aunque no te conozca y aunque no me conozcas

algo de ti me llega, o tal vez te presienta,

una ilusión, un halo, algo tan impalpable,

como un perfume ambiguo que se expande en el aire.

No es vivir… decir que como cada día,

que si hay frío, me abrigo, o descanso mi cuerpo,

si siento como un ogro que me pide alimento,

mi alma sola, sola y este espíritu hambriento

de una tierna poesía, que rescata el recuerdo.

-Puedo seguir, si quieres, contándote la historia.

Tuve un amor inmenso, lo tuve yo sola,

se agigantó por dentro…

Hubo rosas, espinas, cantos y risas;

cuando la mano enorme del jardinero vano,

destrozó mis rosales y fue sordo a mi canto.

Bebió de las delicias de un panal deseado,

y siguió destrozando al pasar de los años,

estoy sola por dentro… por eso estoy llorando.

 


 

La verdulera

 

La verdulera va, regresando a su casa,

en bamboleado carro, de cansino caballo.

Cada giro de rueda, su cuerpo acompaña,

oscilando cintura y curvando la espalda.

 

La cabeza hacia abajo, parece que durmiera.

Sus ojos son dos rayas, que ya no son lumbreras.

Los dedos anudados apenas si sostienen

las riendas del caballo, que va por donde quiere.

 

Tal vez en su mirada desmotivada, lleva,

un montón de kilajes, pues le pesan las penas.

El polvo del camino amarronó sus cejas

y le secó los labios, que ya no emiten quejas.

 

Sobre un cuero ovejuno se sentó con descuido,

en sus rodillas flacas, se arremangó el vestido.

Un saco viejo azul, abulta en el bolsillo,

un pañuelo que anuda el trabajo sencillo.

 

Sus manos agrietadas, marcadas por el tiempo

de hacer leña en el monte y acarrear para el fuego.

Supo pulsar las ubres de las vacas lecheras,

llevar leche en los tarros, pa’venderla en el pueblo.

 

Pero el día que “padre” se fue pal’cementerio,

La señora pobreza, se le metió allí adentro…

ralearon los maizales de endurecidas chalas

quedó en los gallineros, sólo plumas de alas.

 

La castigó muy rudo el frío en el invierno,

cuidando de su quinta, como único sustento.

Por eso es que lleva, en lugar de la leche,

un bidón de aguardiente, caído entre sus piernas.

                                                     

 

 

 

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