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A la memoria
de mi abuela materna, que en los días de lluvia, cuando las vacaciones de mi
niñez, tantas veces me tuvo prisionero en el mirador de la Estancia.
Un viento manso,
tardo de chapotear barriales,
se enreda hasta romperse
en el rezongo de treinta
eucaliptos seculares.
La ventana cerrada tiene en la
cruz sombría
de sus maderas, crucificada la
tarde.
Lejos, la grieta del camino
raja en dos las soledades.
Estraga ese cielo, salobre de un
solo gris...
Esta llanura tirada largo a largo,
como muerta...
Y estas manos mías que del tiempo
caen como dos anclas
hacia el fondo más íntimo de la
tristeza.
A ratos llueve...Destartaladas
y tan sin causa!, las horas ruedan
hechas de nidos vacíos y hojas
muertas.
-Desamparo de mi alma y la tierra,
tres cuervos cruzan
remando seis medias lunas negras.-
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Se le despedaza a la tarde
el vino de sus agonías,
las que tornan el aire de un opaco
cada vez más apretado.
El grito de los teros
resquebraja la paz de la penumbra
con largas grietas de melancolía
y los bichitos de luz flotan sobre
el mundo
sintiéndose la polvareda que va
dejando el día.
Del lado del monte, lento de
atardecer
viene un paisano, la cabeza
tan buenamente inclinada
que ha de ser su frente un pájaro
dormido.
Trae la plata del creciente en el
filo del hacha
y entre los labios el yuyo de un
silbido.
Montaraz de los bosques de la
soledad,
cuántas veces
con el lucero en la punta de la
mirada
un mi esperanza un canto de
retorno,
yo he venido
con sueños como lunas sobre mi
hombro.
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