Dolores, 24 de octubre de 2006

 

 

 

 Arte en Letras

 

 

Carlos María Solari

Es junto a Iris de López Crespo, el poeta más nombrado y famoso de nuestra ciudad.

Descendiente de abuelos estancieros, pasaba largas temporadas en el campo.  Terminada la primaria en la Escuela Nº 2, Solari siguió estudios en un colegio privado montevideano, donde se relacionó con la vida literaria en distintos círculos poéticos.  En 1934 la Biblioteca "ALFAR", del poeta Julio J. Casal, le publica una colección de sus poemas, que aparece en el mes de setiembre con el título de "ALREDEDORES DEL SILENCIO".  Estos poemas consagraron a Solari como un poeta de extraordinaria calidad, nutrida su inspiración en la belleza y las soledades campestres.

La obra mereció elogios de Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Enrique Amorim, Alberto Zum Felde, Carlos Britos Huerta y Roberto Ibañez.  Desde 1940 Solari se radicó en Dolores e interrumpió su carrera.  Personalmente él se auto-ubicó como simbolista, aproximándose a la definición de Amorim, que lo inscribe entre los modernos poetas españoles y franceses, y bohemio. Falleció en Dolores a los 49 años de edad.

La aureola que le dio ese libro guarda sus perfiles y enmarca su nombre.

 

Desde el Mirador

 

 

De Vuelta

A la memoria de mi abuela materna, que en los días de lluvia, cuando las vacaciones de mi niñez, tantas veces me tuvo prisionero en el mirador de la Estancia.

 

Un viento manso,

tardo de chapotear barriales,

se enreda hasta romperse

en el rezongo de treinta eucaliptos seculares.

 

La ventana cerrada tiene en la cruz sombría

de sus maderas, crucificada la tarde.

Lejos, la grieta del camino

raja en dos las soledades.

 

Estraga ese cielo, salobre de un solo gris...

Esta llanura tirada largo a largo, como muerta...

Y estas manos mías que del tiempo caen como dos anclas

hacia el fondo más íntimo de la tristeza.

 

A ratos llueve...Destartaladas

y tan sin causa!, las horas ruedan

hechas de nidos vacíos y hojas muertas.

-Desamparo de mi alma y la tierra,

tres cuervos cruzan

remando seis medias lunas negras.-

 

Se le despedaza a la tarde

el vino de sus agonías,

las que tornan el aire de un opaco

cada vez más apretado.

 

El grito de los teros

resquebraja la paz de la penumbra

con largas grietas de melancolía

y los bichitos de luz flotan sobre el mundo

sintiéndose la polvareda que va dejando el día.

 

Del lado del monte, lento de atardecer

viene un paisano, la cabeza

tan buenamente inclinada

que ha de ser su frente un pájaro dormido.

Trae la plata del creciente en el filo del hacha

y entre los labios el yuyo de un silbido.

 

Montaraz de los bosques de la soledad,

cuántas veces

con el lucero en la punta de la mirada

un mi esperanza un canto de retorno,

yo he venido

con sueños como lunas sobre mi hombro.

 

 

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