Dolores, 24 de octubre de 2006

 

 

 

 Arte en Letras

 

 

Dra. María Luisa Corvetto Arribillaga de Roberts

 

Llegó a Dolores el 30 de agosto de 1937 para ejercer el cargo de maestra y Directora de la Escuela Rural N° 15, que ocupó hasta 1971.

Fue profesora liceal de Literatura desde 1947.

 

Desarrolló una valiosa labor cultural, dirigiendo "Rincón Juvenil" en la Radio CW46 B del Liceo, espacio didáctico, artístico y formativo que tuvo su auge entre 1956 y 1958.

Sus inquietudes intelectuales nunca tuvieron pausa, Profesora de Piano y Solfeo, becaria a los primeros cursos de Teatro para educadores de la Escuela Municipal de Arte Dramático del Teatro Solís.

 

En 1963 funda y dirige el Teatro "Amancay", que durante una época cumple exitosas actuaciones.

Publica el libro "Correr tras el viento".

Escribe la milonga oriental "Virgencita de Dolores" y dos composiciones, con música del maestro Francisco Carboni Vincent, canción del ex Alumno Normalista y Canción a la Maestra.

 

Constituyó hogar el 18 de enero de 1958 con el Profesor y Agrimensor C. Gilberto Roberts.

Retirada de la docencia, decide estudiar Abogacía, titulándose el 19 de julio de 1990.

Es una destacada personalidad de nuestra docencia y nuestras letras que tenemos en nuestro medio.  Ésta es una de sus obras:

 

Forastero Insólito (Cuento rioplatense)

 

La heredad y la casona de piedra, erguida en la cumbre del cerro esteño se nombraban "El Arcano".  El viento ululaba despiadado día y noche en aquellas soledades, o se calmaba de pronto en la hora bruna, para aullar de nuevo erizando a hombres, animales y plantas.  Hasta el nombre de la estancia escrito con lajas de lapacho parecía trazado por el viento.

Campos anchos y largos, montes ralos de coronillas, talas y espinillos, rodeaban la casona de piedra, cual si fuera una fortaleza del medioevo.

 

Sólo el valle estirado entre los cerros era paz y frescura cuando el sol y el viento se tornaban piadosos con los seres que lo habitaban: mil ovejas y cabras, cientos y cientos de vacunos y hermosos caballos de polo, salpicando las laderas riscosas del monte criollo.

 

Y en el hogar de piedra, sólo dos seres compartiendo el pequeño mundo de "El Arcano": la Inglesa, que así la llamaban los lugareños, y Bradford, su hijo, amable y silencioso.

Era la Inglesa, bella como una diosa pagana. 

No vestía túnica ni sandalias lánguidas, sino breech de montar bordeaux, botas altas negras, camisa vaquera, chaqueta corta importada, de cuero gris tierra, y en el cinto canana y revólver Smith Wesson, 38 largo.  Había sido piloto de avionetas comerciales en su pueblo natal de Escocia y jugaba al polo con absoluto dominio de bestia y taco.

 

Era viuda de un inglés, criador de ovejas en los cerros, que partió a lo ignorado, cuando aún había razones de vida y sol en su rizada cabellera.  Ella tomó las riendas de la hacienda e hizo de ella un Paraíso autárquico: allí nada faltaba para bien vivir, ni nada excedía para bien gozar.

Vivía desafíos a la suerte, y en ellos cimentaba su felicidad.  No buscaba la tierra de Canaán, porque conocía bien la dimensión del mito; no obstante, avanzaba entre hogueras y desiertos aguardaba siempre, la frente que la esperara.

 

Nadie invadió su inviolable refugio mintiendo que era la blanca paloma.

-"No me toques, no cuentes con mi sangre, este vino no es fácil de beber", se decía en el espacio de sus sueños.

 

Y una noche del mes de mayo, cuando el viento andaba encapuchado, afilando sus puñales fríos en los troncos de los pinos en hileras, dos urgentes aldabazos se oyeron, junto al ojo de hierro que miraba siempre para el mar del Sur.  Sólo el ventanillo de la puerta abrió la Inglesa, cuando iluminado por la luz de mercurio que en la cumbre del tejado destacaba la casa de piedra en la hosquedad del cerro, apareció un forastero que, con cumplida voz rogó hospedaje a la Señora,..."por esta noche, y nada más".

Súbitamente ella, corrió el cerrojo y con reverente cortesía, abrió la puerta de par en par.

El desconocido no dio su nombre.  No era alto ni bajo, cabello cano, ojos ardientes.  Vestía como todos: traje gris topo y sobretodo, zapatos acharolados color guinda y maletín de cuero pecarí.

 

La ignorancia de su nombre no fue embarazo para entablar un concierto de palabras cotidianas.  Se reunieron, madre, hijo y forastero junto al fuego, en el ámbito muy vivido que abarcaba el centro y todo el largo de la casa.  Bradford ofreció al forastero la habitación de huéspedes y la Inglesa se refugió en la cocina, para preparar la cena.  En un santiamén estuvieron prontos los manjares: un lomo relleno con queso de cabra, con salsa al vino tinto, y ensaladas con endibias y muchos vegetales, y un postre helado con baño de chocolate caliente.  Cenaron los tres bellísimos seres, como si fueran amigos de siempre.

 

Al momento del café, servido en tacitas British made, se habló del Mercosur, la micro y macroeconomía, del capitalismo y de los millones de seres, que viven bajo el límite de pobreza, del desempleo y la violencia; del suicidio del magnate Alfredo Yabrán en una estancia de Buenos Aires, -a lo cual, nota muy extraña, pareció no dar importancia el forastero-; de Sanguinetti y de Menem, de Wasmosy y Cardozo.  Nada político les era indiferente.

 

Se recogieron temprano, cada uno a sus aposento, dispuestos a ambos lados del enorme living.  Y a las cuatro de la fría madrugada, todos estaban de pie.  En un periquete estuvo pronto el desayuno: café contado, mermelada ácida, y escones calentitos, recién horneados por la Inglesa.

 

Al terminar el desayuno, inesperadamente, el forastero, rogando dijo:

-"Estaré muy agradecido si Vuestras Excelencias me conducen hasta el Aeropuerto de Carrasco".  La Inglesa sólo ordenó: -"Bradford, controla en la Rural: nafta, aceite y agua; y mide la presión del rodado". -"Yes, mohter", contestó lacónico el hijo, dando media vuelta a su cuerpo hermoso, y obediente como el héroe al mandato de la diosa, en la gesta homérica.

 

En unos instantes iban bajando el cerro, reventando con las gomas el capote harapiento del viento, tendido a dormir en la ladera.  A los cinco minutos estaban en la ruta rumbo a Montevideo.  Afirmó Bradford la Chevrolet en el asfalto y corrió ésta como los trenes europeos, por el derrotero azaz desierto en la gélida madrugada del mes de mayo.

Poco se habló en el camino: de Conaprole, Parmalat, de los yacimientos petrolíferos de Comodoro Rivadavia, de las sierras que fantasmales se divisaban a lo lejos y de la indudable riqueza que el Turismo sabiamente orientado, rentaría a la región.

 

Llegado al Aeropuerto, los tres viajeros se dirigieron al salón de entrada y transpuesta la puerta, se detuvo el extraño, y de espaladas al gentío, tomó respetuoso la mano de la Ingles, puso en ella un beso, y diciendo: -"gracias por su inefable hospitalidad", abrió presuroso el antiguo cierre de su maletín de pecarí, tomó de él un envoltorio y poniéndolo en las manos de su huésped, se acercó a su oído y susurró estas palabras: -..."Soy Alfredo"...Dio a Bradford un cálido abrazo y se perdió entre el nervioso gentío, que aguardaba alas de acero para cruzar el mar.

El vieje de regreso fue plácido como el día que despertaba a los bordes del camino: paz en los campos, en los montes, en las moradas y en el corazón de los inglese.  Nada hablaron entre ellos del insólito suceso.

 

Al arribar a "El Arcano", quitó la Inglesa de su bolso el envoltorio recibido y lo deslizó indiferente, sobre la exuberante cómoda estilo Chippendale de su aposento.  Colocó canana y revólver en su cinto, como costumbre, y se encaminó a la caballeriza, en busca de su mora predilecta.

 

Montó y se orientó al Cerro del este, para asistir a una cabra mal parida el día anterior.  Trotaba la morita con su sobrepaso bailarín por el camino pedregoso, nerviosa y sensitiva como la flor del campo, y al llegar al valle, entre los dos cerros, pegó un relincho, desmontó y la llevó de tiro con el amparo de sus congéneres.  La Inglesa desmontó y la llevó de tiro con las riendas entre sus manos.  La yegua llegó a encabritarse temblando de miedo, olfateando algo que la Señora no había percibido:---Sobre el trébol había señales de un pesado aparato que allí se había posado y de un viento ardiente lleno de hosquedad, que dejó tendidas hojas y ramas de los rústicos arbustos, como pájaros heridos al paso de la noche.

 

La Inglesa también se sintió erizada de estupor: en el valle, un poderoso helicóptero de dos rotores, hubo aterrizado y elevado vuelo.

 

Volvió a la casona y se encaminó directo a la cómoda Chippendale; llamó a Bradford, tomó el envoltorio, del tamaño de dos grandes ladrillos, rompió la envoltura, y los dos se miraron atónitos, pasmados: allí había...¡un millón de dólares americanos!...y entonces, comprendieron todo...Alfredo...el forastero que vino de la muerte...el helicóptero...los dólares...la fuga...

 

La vida de madre e hijo no cambió un ápice; sólo bajaron a la Punta para saludar a Susan Barrantes, y tiempo después a la Duquesa de York.

Nunca asistieron a una fiesta mundana: sus esenciales valores no podrían competir jamás con las ofertas de vida que impone la moda y la sociedad consumista.

Ellos no dijeron nada a nadie, a nadie, a nadie...por lealtad de origen; y si esto no fuera, ¿quién no teme la tortura, el error de los justicieros, la voracidad de los medios de comunicación masiva?.

Fue en el mes de mayo...

El día y el año los ingleses no quieren acordarse.

A mí, todo, me lo contó el Viento!...

 

 

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