"UN HOMBRE" (dedicado a don
Antonio Bastos)
Hay lugares,
personas, hechos que permanecen para siempre grabados intensamente en el
pensamiento y aunque el tiempo transcurre inexorablemente, ellos están allí,
latentes, en silencio; a veces muy vívidos; otras, esfumados entre los grises
difusos que van opacando sin que nos demos cuenta, aquellas cosas que fueron
centro de nuestra vida.
Cuento con la
gracia de haber vivido bastante, por ello es que desde las orillas de la memoria
me nutre la apacible marea de los recuerdos trayéndome especialmente uno, muy
querido y no menos hermoso. A veces, también en sueños aparece. Es
la evocación de un lugar y de su gente de aquel Dolores que no me vio nacer pero
al que aprendí a amar como a mi propio terruño. Entornando mis párpados
comienzan a aparecer imágenes: Un salón amplio -más bien un galpón- con una sola
ventana y una pequeña banderola. La puerta de cinc, de dos hojas.
Se anunciaba el
otoño en el oro de las hojas que caían lánguidamente cuando llegué a ese lugar.
Me quedé perpleja porque ese galpón sin Escudo y sin Bandera, servía de Escuela.
A ella llegaba yo estrenando mis ilusiones de novel docente, recién obtenida la
efectividad, a debutar como maestra de clase y como directora ya que el cargo de
Dirección, por razones ajenas a mí, estaba acéfalo.
Comenzaron a
llegar los niños de a uno, de a dos, en pequeños grupos. La mayoría,
pequeños, de primer nivel; todos me regalaron la frescura de un beso que aún
siento en mis mejillas ajadas. Muchos padres también me saludaron después
de darles la bienvenida. Era el primer día de clase. Tal como me
había informado el Inspector Departamental, Maestro don Víctor Fernández Prieto,
eran todos alumnos de primero y segundo año. ¡Pero cuántos eran!!! Y
cuántos más llegarían a inscribirse! La escuela había sido creada en el
59, si no me traiciona la memoria. ¿Qué haría yo con casi medio centenar
de alumnos y al frente de una Dirección para la cual no estaba debidamente
preparada? Miré azorada a la persona que me acompañaba y noté que ésta
había comprendido mi asombro. "No tema, señorita", me dijo con voz serena
aquel hombre. "Aquí estaremos para ayudarla siempre". Su timbre de
voz sonaba seguro y decidido. Yo recién lo conocía. Lo miré de nuevo
y me encontré frente a una mirada paternal que demostraba lealtad y nobleza de
espíritu. Aquel hombre de estatura mediana, nariz aguileña y conversación
pausada, me hablaba casi casi, como un padre bueno. Me sentí protegida y
confiada; desde ese momento tuve la certeza de que no estaría sola. No me
equivocaba. Esta persona, por entonces y por muchos años más, Presidente
de la Comisión de Fomento de la incipiente escuela, estaría siempre alerta a la
problemática del humilde centro de enseñanza ubicado en la zona suburbana de la
ciudad de Dolores, sobre calle Rivera, exactamente donde terminaba la calle
Corralito (hoy, Elena López de Bertullo). El número de la Escuela, 97.
Nombre, aún no tenía. El local había sido cedido en préstamo por la
"Cooperativa Obrera Ideal" (del ramo panadería), que lideraba el mencionado
señor de aspecto franco y cordial, mesurado en el hablar pero siempre dispuesto
a escuchar todas las opiniones, reclamos y sugerencias de los vecinos
interesados en el bienestar de sus hijos.
Corría 1960.
Poco a poco, me iba afirmando como docente. Recibía periódicas visitas de
Inspección y no tuve tiempo de sentirme sola. Don Mario López Thode,
Inspector zonas, me visitó en varias oportunidades para orientarme y comprobar
los progresos de los alumnos que aprendían a leer con aquel "famoso" Método
Global que estaba de moda. A mediados de año fue nombrada una ayudante,
cargo que ejerció la excelente maestra y compañera Srta. Orieta Capano.
Más aliviada, continué con la Dirección y primer año; Orieta, con segundo.
Las reuniones
de Comisión eran extensas y frecuentes. Su Presidente, don Antonio,
llegaba siemple en hora, cuando yo ya había despedido a los alumnos.
Venían también don Emilio López Salmerón, dueño del Periódico "Irupé", don Juan
Costa, don Américo Fernández y muchos otros vecinos excelentes cuyos nombres hoy
se resisten a aparecer en mi memoria.
Don Antonio,
con su sencillez característica, su espíritu fraterno y su genuina debilidad por
los más desposeídos, siempre llegaba con novedades pues se había dado inicio
gracias a su gestión, a la obra que sería más tarde el nuevo local escolar en el
predio contigua a la Panadería. Las reuniones aunque largas, eran muy
provechosas. Daba gusto conversar con don Antonio y con los demás
integrantes. Todos sabían escuchar y leer en las caritas inocentes de
aquellos niños que necesitaban un lugar más digno para continuar aprendiendo a
aprender. Tanto de mañana como de tarde, los alumnos que lo deseaban
disfrutaban de una taza de cocoa calentita y dulces bizcochos que nos regalaba
don Américo, encargado de la panadería y padre de un alumno. En los días
invernales yo les hacía tortas frita; era una delicia ver cómo disfrutaban
saboreándolas aquellos gurisitos.
Don Antonio era
más que el Presidente de Comisión. Era un filántropo al cual los niños
podían ver, oír, tocar, responder a sus preguntas siempre oportunas y cariñosas
que llegaban al corazón de los pequeños. Él bregaba día tras día por esa
Escuela. "La Escuela de Bastos", decía la gente. Y cuánta razón
había en ese dicho popular. Yo intuía que la dificultades que aparecían
una y otra vez, le quitaban el sueño aunque él no lo decía. Era tenaz en
su esfuerzo, de una generosidad envidiable, amplio en el obrar más que en decir.
Aún recuerdo sus palabras dándome ánimo siempre para recomponer las fuerzas y
seguir adelante, para no pre-ocuparme de antemano por los problemas sino mas
bien para ocuparme de ellos en el momento oportuno. En esto se parecía
mucho a mi padre. Su ideal era el HOMBRE PLENO.
Cierta vez me dijo algo así como que algunos
pretenden ver al hombre (él lo escribiría con minúscula) sin siquiera haber
aprendido a ver al hombre (él lo escribiría con mayúscula) que camina a su lado.
Era, pues, un auténtico humanista; por lo menos, así lo veía yo. Fui
aprendiendo yo, maestra, muchas cosas buenas en la fuente inagotable de su obrar
y de su claro pensamiento; cosas que no había aprendido en ningún libro de
pedagogía o de didáctica a través de mis cuatro años de carrera docente.
Una vez me manifestó, casi al finalizar el primer año lectivo, que yo había
sabido ganarme el corazón de la gente. No lo sé. Pero sí sé que él
fue mi conductor y consejero magnánimo y altruista con la sapiente humildad que
lo adornaba. La gente, los niños, se adentraron en mi corazón
profundamente. En esa Escuela permanecí cuatro años hermosísimos, quizás
la parte más bella de mi carrera docente.
Cuando el nuevo
edificio estaba terminándose, vino la Maestra Directora efectiva, la nunca
olvidada Monoma Aunchayna. Nunca percibí sueldo por mi trabajo en la
Dirección. Nunca me notificaron el porqué. Don Antonio, en muchas
oportunidades me aconsejó que reclamase ya que sólo de palabra se me había dicho
que no se me retribuiría; nunca por oficio. Jamás reclamé. Sé que él
tenía razón. De todas maneras, no me arrepiento del dinero que no se me
pagó. Gané mucho más con el cariño y la sonrisa tierna de aquellos niños
que nunca olvidaré.
En 1964 me
trasladé a la Escuela Nº5. Cuando lo hice me di cuenta que había quedado
en deuda con aquel hombre. Él había pensado que me quedaría quizás para
siempre en ella. Pero no fue así. Yo estaba casada y esperaba una
hija. Se me hacía costoso caminar casi treinta cuadras -de ida y vuelta-
con viento, con lluvia y hasta con nieve una vez, por aquellas lodosas calles de
tierra. Por eso opté por trasladarme. Pero sentí mucho dolor -aún lo
siento- por haber abandonado aquella Escuela, aquella gente sana de espíritu que
me estimaba de veras y haber dejado de contribuir con mi granito minúsculo de
arena con aquel incomparable y nunca bien ponderado Presidente de Comisión, don
Antonio Bastos.
La vida me
trajo luego a la Capital. Aquí volví a se Directora por concurso de
méritos y oposición. Pero confieso con total honestidad y convicción:
Aquí no encontré ninguna persona tan dedicada al bien del prójimo y de la
Escuela en particular como el querido Antonio. Por eso, él permanece por
siempre en mi memoria y en un lugar de mi corazón. Aun lo evoco viéndolo
en su camioneta o furgoneta, ora cargando o descargando material par la Escuela,
ora entrando o saliendo de la misma con su sonrisa apenas esbozada y vistiendo
siempre igual con su camisa a cuadritos, su saco jaspeado y su pantalón oscuro.
Cómo me hubiera
gustado que la Escuela 97 llevara su nombre. él estaba vivo y quizás no se
podía hacerlo. Es hermosísimo el nombre que se le dio, nada menos que el
del "Pintor de nuestra Patria2. Pero claro, "nadie es profeta en su
tierra". Y don Antonio es un doloreño más, un ciudadano que aprendió en la
escuela informal de la Vida a volcarse sin medida por el bien de su gente y, en
especial, por aquellos que sólo cargan una culpa: la de ser pobre.
Desde aquí,
Montevideo, esta vieja maestra, jubilada ya, hoy te rinde homenaje don Antonio,
porque fuiste un gran humanista de ideales profundos y nuca doblegados.
Estoy segura que nadie te olvidará. Quizás algún día, cuando por desgracia
tú ya no lo veas, alguna calle, alguna plazoleta o qué sé yo, lleven tu nombre.
Lo más hermoso
es que no buscaste nuca retribuciones, ni homenajes, ni falsos aplauso.
Por eso a tus hijos los llamante: LIBRE, VIDA, LEAL, ALEGRÍA. Esos cuatro
nombres encierra la filosofía profunda de tu pensamiento y de toda tu vida.
Doña NIDIA, tu esposa, en silencio te ayudó siempre. El AMOR los unió para
complementarse mutuamente. Sé que no les fue fácil la vida. Muchos
fueron lo dolores. Quizás pocas las alegrías. Pero tu ánimo, don
ANTONIO, vencía todo escollo y tu fe inquebrantable en el HOMBRE ÍNTEGRO Y
TOTAL, te sostenía.