Dolores, 24 de octubre de 2006

 

 

 

 Arte en Letras

 

 

Marta Lilia Torres de Barlocco

Marta Torres Jorajuría , también conocida como Marta Torres de Barlocco es oriunda de Carmelo y ha dedicado los mejores años de su vida a la docencia.

Llega a Dolores en 1960 y toma posesión de un cargo de maestro director en la Escuela Nº 97.  Más tarde, en 1964 se traslada a la Escuela Nº 97, en 1964 a la Escuela Nº 5 donde ejerce la profesión de maestra de clase hasta 1981, en que se traslada con su familia a Montevideo.

Ejerció además en Dolores el profesorado de Idioma Español en el antiguo liceo Piloto y en el Liceo "Dr. Roberto Taruselli". Ya en Montevideo obtuvo el cargo de Maestro Director por concurso de meritos y oposición y el de maestro en Educación de Adultos, por concurso de oposición.

En forma forma paralela escribe para niños y adultos ya que las letras han sido desde siempre otra de sus vocaciones. Ha participado en múltiples concursos literarios nacionales e internacionales y ha obtenido hasta la fecha más de 30 galardones literarios, algunos de ellos en el extranjero: tres en Buenos Aires, dos en Brasil y uno en Sicilia  (Italia). A fines de 2002 obtiene un premio sobre poesía “haiku” organizado por el Instituto Tozai y patrocinado por la Embajada de Japón en Buenos Aires.

Sus poemas y prosas son conocidos en casi todos los departamentos de nuestro país, especialmente en  Dolores, Carmelo y Montevideo.

Tuvo a su cargo el “Taller Literario del Archivo y Museo del Carmen” de la ciudad de Carmelo.

Es socia de AES (Asociación de Escritores de Soriano) y de Grupo “Erato”, institución esta última con personería jurídica y que el 4 de mayo cumplirá 54 años de labor ininterrumpida.  Está dirigida por la prestigiosa poeta compatriota Elsa Baroni de Barrenechea y el Dr. Gregorio Rivero Iturralde.

Marta Torres participa con frecuencia en charlas, seminarios y encuentros literarios de la Capital.

Su primer publicación fue un libro poético didáctico dedicado a los niños titulado “DE LA MANO CON LA POESÍA”.

Esto le ha servido para que muchas escuelas y colegios de la Capital, soliciten su presencia durante el año lectivo. Sus visitas son totalmente gratuitas. ha publicado además en varios libros colectivos de A.E.D.I, “Letras Uruguayas II”, “B.L.A.N.C.O ”de la prestigiosa poeta Marta Arévalo y en la Revista “Clariluz y sus amigos ” que nace precisamente el 22 de abril de 2003 . También frecuenta las radios, especialmente CX 26 “Espacio VIDA ” y dirige su propio taller literario para niños y jóvenes.

El 8 de abril de 2003 presentó su última obra poética titulada “CUANDO EL SILENCIO ES VOZ”. Su vida transcurre volcada a las letras y alentada por la fe y la esperanza que, como ella dice “siempre Dios nos acerca en los momentos difíciles de nuestra vida.”

 

"UN HOMBRE" (dedicado a don Antonio Bastos)

Hay lugares, personas, hechos que permanecen para siempre grabados intensamente en el pensamiento y aunque el tiempo transcurre inexorablemente, ellos están allí, latentes, en silencio; a veces muy vívidos; otras, esfumados entre los grises difusos que van opacando sin que nos demos cuenta, aquellas cosas que fueron centro de nuestra vida.

Cuento con la gracia de haber vivido bastante, por ello es que desde las orillas de la memoria me nutre la apacible marea de los recuerdos trayéndome especialmente uno, muy querido y no menos hermoso.  A veces, también en sueños aparece.  Es la evocación de un lugar y de su gente de aquel Dolores que no me vio nacer pero al que aprendí a amar como a mi propio terruño.  Entornando mis párpados comienzan a aparecer imágenes: Un salón amplio -más bien un galpón- con una sola ventana y una pequeña banderola.  La puerta de cinc, de dos hojas.

Se anunciaba el otoño en el oro de las hojas que caían lánguidamente cuando llegué a ese lugar.  Me quedé perpleja porque ese galpón sin Escudo y sin Bandera, servía de Escuela.  A ella llegaba yo estrenando mis ilusiones de novel docente, recién obtenida la efectividad, a debutar como maestra de clase y como directora ya que el cargo de Dirección, por razones ajenas a mí, estaba acéfalo.

Comenzaron a llegar los niños de a uno, de a dos, en pequeños grupos.  La mayoría, pequeños, de primer nivel; todos me regalaron la frescura de un beso que aún siento en mis mejillas ajadas.  Muchos padres también me saludaron después de darles la bienvenida.  Era el primer día de clase.  Tal como me había informado el Inspector Departamental, Maestro don Víctor Fernández Prieto, eran todos alumnos de primero y segundo año.  ¡Pero cuántos eran!!!  Y cuántos más llegarían a inscribirse!  La escuela había sido creada en el 59, si no me traiciona la memoria.  ¿Qué haría yo con casi medio centenar de alumnos y al frente de una Dirección para la cual no estaba debidamente preparada?  Miré azorada a la persona que me acompañaba y noté que ésta había comprendido mi asombro.  "No tema, señorita", me dijo con voz serena aquel hombre.  "Aquí estaremos para ayudarla siempre".  Su timbre de voz sonaba seguro y decidido.  Yo recién lo conocía.  Lo miré de nuevo y me encontré frente a una mirada paternal que demostraba lealtad y nobleza de espíritu.  Aquel hombre de estatura mediana, nariz aguileña y conversación pausada, me hablaba casi casi, como un padre bueno.  Me sentí protegida y confiada; desde ese momento tuve la certeza de que no estaría sola.  No me equivocaba.  Esta persona, por entonces y por muchos años más, Presidente de la Comisión de Fomento de la incipiente escuela, estaría siempre alerta a la problemática del humilde centro de enseñanza ubicado en la zona suburbana de la ciudad de Dolores, sobre calle Rivera, exactamente donde terminaba la calle Corralito (hoy, Elena López de Bertullo).  El número de la Escuela, 97.  Nombre, aún no tenía.  El local había sido cedido en préstamo por la "Cooperativa Obrera Ideal" (del ramo panadería), que lideraba el mencionado señor de aspecto franco y cordial, mesurado en el hablar pero siempre dispuesto a escuchar todas las opiniones, reclamos y sugerencias de los vecinos interesados en el bienestar de sus hijos.

Corría 1960.  Poco a poco, me iba afirmando como docente.  Recibía periódicas visitas de Inspección y no tuve tiempo de sentirme sola.  Don Mario López Thode, Inspector zonas, me visitó en varias oportunidades para orientarme y comprobar los progresos de los alumnos que aprendían a leer con aquel "famoso" Método Global que estaba de moda.  A mediados de año fue nombrada una ayudante, cargo que ejerció la excelente maestra y compañera Srta. Orieta Capano.  Más aliviada, continué con la Dirección y primer año; Orieta, con segundo.

Las reuniones de Comisión eran extensas y frecuentes.  Su Presidente, don Antonio, llegaba siemple en hora, cuando yo ya había despedido a los alumnos.  Venían también don Emilio López Salmerón, dueño del Periódico "Irupé", don Juan Costa, don Américo Fernández y muchos otros vecinos excelentes cuyos nombres hoy se resisten a aparecer en mi memoria.

Don Antonio, con su sencillez característica, su espíritu fraterno y su genuina debilidad por los más desposeídos, siempre llegaba con novedades pues se había dado inicio gracias a su gestión, a la obra que sería más tarde el nuevo local escolar en el predio contigua a la Panadería.  Las reuniones aunque largas, eran muy provechosas.  Daba gusto conversar con don Antonio y con los demás integrantes.  Todos sabían escuchar y leer en las caritas inocentes de aquellos niños que necesitaban un lugar más digno para continuar aprendiendo a aprender.  Tanto de mañana como de tarde, los alumnos que lo deseaban disfrutaban de una taza de cocoa calentita y dulces bizcochos que nos regalaba don Américo, encargado de la panadería y padre de un alumno.  En los días invernales yo les hacía tortas frita; era una delicia ver cómo disfrutaban saboreándolas aquellos gurisitos.

Don Antonio era más que el Presidente de Comisión.  Era un filántropo al cual los niños podían ver, oír, tocar, responder a sus preguntas siempre oportunas y cariñosas que llegaban al corazón de los pequeños.  Él bregaba día tras día por esa Escuela.  "La Escuela de Bastos", decía la gente.  Y cuánta razón había en ese dicho popular.  Yo intuía que la dificultades que aparecían una y otra vez, le quitaban el sueño aunque él no lo decía.  Era tenaz en su esfuerzo, de una generosidad envidiable, amplio en el obrar más que en decir.  Aún recuerdo sus palabras dándome ánimo siempre para recomponer las fuerzas y seguir adelante, para no pre-ocuparme de antemano por los problemas sino mas bien para ocuparme de ellos en el momento oportuno.  En esto se parecía mucho a mi padre.  Su ideal era el HOMBRE PLENO. 

Cierta vez me dijo algo así como que algunos pretenden ver al hombre (él lo escribiría con minúscula) sin siquiera haber aprendido a ver al hombre (él lo escribiría con mayúscula) que camina a su lado.  Era, pues, un auténtico humanista; por lo menos, así lo veía yo.  Fui aprendiendo yo, maestra, muchas cosas buenas en la fuente inagotable de su obrar y de su claro pensamiento; cosas que no había aprendido en ningún libro de pedagogía o de didáctica a través de mis cuatro años de carrera docente.  Una vez me manifestó, casi al finalizar el primer año lectivo, que yo había sabido ganarme el corazón de la gente.  No lo sé.  Pero sí sé que él fue mi conductor y consejero magnánimo y altruista con la sapiente humildad que lo adornaba.  La gente, los niños, se adentraron en mi corazón profundamente.  En esa Escuela permanecí cuatro años hermosísimos, quizás la parte más bella de mi carrera docente.

Cuando el nuevo edificio estaba terminándose, vino la Maestra Directora efectiva, la nunca olvidada Monoma Aunchayna.  Nunca percibí sueldo por mi trabajo en la Dirección.  Nunca me notificaron el porqué.  Don Antonio, en muchas oportunidades me aconsejó que reclamase ya que sólo de palabra se me había dicho que no se me retribuiría; nunca por oficio.  Jamás reclamé.  Sé que él tenía razón.  De todas maneras, no me arrepiento del dinero que no se me pagó.  Gané mucho más con el cariño y la sonrisa tierna de aquellos niños que nunca olvidaré.

En 1964 me trasladé a la Escuela Nº5.  Cuando lo hice me di cuenta que había quedado en deuda con aquel hombre.  Él había pensado que me quedaría quizás para siempre en ella.  Pero no fue así.  Yo estaba casada y esperaba una hija.  Se me hacía costoso caminar casi treinta cuadras -de ida y vuelta- con viento, con lluvia y hasta con nieve una vez, por aquellas lodosas calles de tierra.  Por eso opté por trasladarme.  Pero sentí mucho dolor -aún lo siento- por haber abandonado aquella Escuela, aquella gente sana de espíritu que me estimaba de veras y haber dejado de contribuir con mi granito minúsculo de arena con aquel incomparable y nunca bien ponderado Presidente de Comisión, don Antonio Bastos.

La vida me trajo luego a la Capital.  Aquí volví a se Directora por concurso de méritos y oposición.  Pero confieso con total honestidad y convicción:  Aquí no encontré ninguna persona tan dedicada al bien del prójimo y de la Escuela en particular como el querido Antonio.  Por eso, él permanece por siempre en mi memoria y en un lugar de mi corazón.  Aun lo evoco viéndolo en su camioneta o furgoneta, ora cargando o descargando material par la Escuela, ora entrando o saliendo de la misma con su sonrisa apenas esbozada y vistiendo siempre igual con su camisa a cuadritos, su saco jaspeado y su pantalón oscuro.

Cómo me hubiera gustado que la Escuela 97 llevara su nombre.  él estaba vivo y quizás no se podía hacerlo.  Es hermosísimo el nombre que se le dio, nada menos que el del "Pintor de nuestra Patria2.  Pero claro, "nadie es profeta en su tierra".  Y don Antonio es un doloreño más, un ciudadano que aprendió en la escuela informal de la Vida a volcarse sin medida por el bien de su gente y, en especial, por aquellos que sólo cargan una culpa: la de ser pobre.

Desde aquí, Montevideo, esta vieja maestra, jubilada ya, hoy te rinde homenaje don Antonio, porque fuiste un gran humanista de ideales profundos y nuca doblegados.  Estoy segura que nadie te olvidará.  Quizás algún día, cuando por desgracia tú ya no lo veas, alguna calle, alguna plazoleta o qué sé yo, lleven tu nombre.

Lo más hermoso es que no buscaste nuca retribuciones, ni homenajes, ni falsos aplauso.  Por eso a tus hijos los llamante: LIBRE, VIDA, LEAL, ALEGRÍA.  Esos cuatro nombres encierra la filosofía profunda de tu pensamiento y de toda tu vida.  Doña NIDIA, tu esposa, en silencio te ayudó siempre.  El AMOR los unió para complementarse mutuamente.  Sé que no les fue fácil la vida.  Muchos fueron lo dolores.  Quizás pocas las alegrías.  Pero tu ánimo, don ANTONIO, vencía todo escollo y tu fe inquebrantable en el HOMBRE ÍNTEGRO Y TOTAL, te sostenía.

 

 

 

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