Dolores, 24 de octubre de 2006

 

 

 

 Anécdota de Dolores

 
 

Cuando el Embajador vino a preparar la guerra

Dolores en 1940 ya tenía categoría de ciudad, declarada por ley.  Cierta opulencia deriva de ser un centro agrícola ganadero, comenzaba a exhibirse ostentosamente.

Sus vecinos, ya mostraban la talla y las uñas de ser una comunidad porfiadamente emprendedora.  Los sacudones mundiales de una segunda guerra, llegaban a través de los diarios y de lejanas radioemisoras.  La población vivía involucrada en los suyo.  Lo importante era que se contaba con mucha calle de macadam, un puerto tan activo como las barracas de cereales.  El tránsito había comenzado a ser cosa seria; se disponía de numerosas obras públicas, especialmente escuelas.  Los años de la dictadura de Terra, que aquí tanto pesaron, se habían dejado atrás.  Ahora, el interés colectivo estaba puesto en lo avanzado de las obras del Hospital que se inauguraría un año después; en el orgullo que era exhibir el edificio liceal, y en la ocurrencia del trazado de la "costanera" como una prolongación del extremo oeste de calle Río Negro, hacia la carretera a Mercedes.

Los terrenos para la obra, es justo recordarlo, fueron donados por dos figuras prominentes del entonces, Francisco "Pancho" Pierulivo y Carlos María Casassa.  Una obra había concitado entusiasmo y penas; la remodelación del frente de Paz y Unión.  La piqueta echó abajo un frente de estilo neoclásico italiano de dos plantas que era una belleza estética, a cambio de un frente mas sólido y moderno.  De pronto ocurrió algo que halló a la vecindad descolocada.  Dolores nunca había recibido a un Embajador.  Un funcionario diplomático, entonces pertenecía a una rara especie  ubicable en la capital del país.  Un Cónsul vaya y pase, porque podía serlo cualquier vecino.  Los había habido, y no era cosa del otro mundo.  Pero...¿un Embajador?.  El caso es que para el siete de octubre, las autoridades municipales recibieron el alerta desde Mercedes, que debían estar preparadas, puesto que llegaría de Dolores el "ilustrísimo y excelentísimo señor Embajador plenipotenciario del Brasil, don Joao Baptista Luzardo".

A qué venía, no se sabía.  Pero la cortesía de ser anfitriones era ineludible.  Con anticipación, comenzaron los preparativos y las consultas.  El diplomático, sin duda vendría con un séquito que se debía también agasajar, y encima caerían autoridades nacionales y departamentales.  Naturalmente en lo que primero se pensó, fue en un sarao de rigor en el Club Unión; al mediodía un almuerzo criollo en "La Rural", por si el hombre quería degustar de nuestras carnes viniendo de un país de bananas.  Se encargó a Montevideo una buena partida de auténtico Sorocabana, y no la borra que se bebía aquí.  Se lavó a rigor manteles y cortinas; se fregaron hasta el delirio cristales, platerías y mobiliarios.  El negocio fue la venta de telas verdes, amarillas y azules para disponer de unas cuantas banderas brasileñas.  Se probó, izándolas, ver como habían quedado.

Cuando se estaba por elogiar las obras de nuestra hábiles costureras, no faltó el aguafiestas de siempre que recordó los estragos que mas de cien años atrás habían cometido por estos pagos las huestes del emperador Pedro, y que el impertinente Embajador venía a la tierra donde se generó la emancipación.  Lo silenciaron.

Dolores estaba ocupada en cosas más amenas que el rigor de la historia.

Lo que nadie pensó, y esto produjo en su momento un soponcio, era que el diplomático no se iba a pasar todo el santo día apreciando los progresos doloreños.

A poco de llegar, se le recibió, dado la fatiga del viaje, en la Junta Local, donde entre curiosos, autoridades e invitados no cabía un alfiler.  Nadie había pensado en un intérprete, por lo que don Joao Baptista confundido con que lo entendían, se despachó un largo discurso del que a duras penas se entendió algo, porque hablaba "un portugués cerradísimo".  Citó hasta la fatiga al varón de Mauá, del que por aquí no se conocía su historia; sólo que había sido el dueño de la entonces estancia de los Caviglia.  Ocurre que por estas comarcas, de la historia se sabía de Artigas y de los Treinta y Tres, los demás eran etruscos, gringos, romanos, revolución francesa y Napoleón.  Se conjeturó, que el diplomático hablaba de un familiar y nada más.

Don Joao Baptista se fue y de su visita sólo quedó un leve y curioso recuerdo.  Muchísimos años después, cuando la cancillería de Itamarati levantó el secreto que pesa sobre documentos de Estado, se supo que el Embajador no había hecho un caprichoso recorrido turístico.  En 1940, Brasil se preparaba para participar de la guerra junto a los aliados.  Existía una férrea rivalidad con grupos nacionalistas argentinos, para ejercer el control geopolítico de América del Sur.  El ejército argentino, estaba infectado de oficiales pronazis y en Buenos Aires una poderosa colonia alemana estaba a las órdenes del Reich.  Brasil no tenía duda alguna, llegado el caso, en atacar e invadir el litoral argentino , el campo de operaciones era el Uruguay, y en particular, "el vientre blanco de los orientales", que es la inmensa zona fluvial donde el Uruguay se aproxima al Plata.  El Embajador apreció el estado de carreteras de escasas guarniciones.

Aquí en Dolores, Rosa era vieja criada de una familia del centro, y por lo tanto era testigo de primera mano de los acontecimientos.  El fin de semana al tomarse el asueto, los vecinos le preguntaron acerca de cómo era un embajador.

Rosa sentenció: "Embajador es un hombre alto, medio gordo, siempre de traje, que habla en bayano".

 

Por Carlos Saratsola

 
 

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