|
Cuando
el Embajador vino a preparar la guerra
Dolores en 1940 ya tenía categoría
de ciudad, declarada por ley. Cierta opulencia deriva de ser un centro
agrícola ganadero, comenzaba a exhibirse ostentosamente.
Sus vecinos, ya mostraban la talla
y las uñas de ser una comunidad porfiadamente emprendedora. Los sacudones
mundiales de una segunda guerra, llegaban a través de los diarios y de lejanas
radioemisoras. La población vivía involucrada en los suyo. Lo
importante era que se contaba con mucha calle de macadam, un puerto tan activo
como las barracas de cereales. El tránsito había comenzado a ser cosa
seria; se disponía de numerosas obras públicas, especialmente escuelas.
Los años de la dictadura de Terra, que aquí tanto pesaron, se habían dejado
atrás. Ahora, el interés colectivo estaba puesto en lo avanzado de las
obras del Hospital que se inauguraría un año después; en el orgullo que era
exhibir el edificio liceal, y en la ocurrencia del trazado de la "costanera"
como una prolongación del extremo oeste de calle Río Negro, hacia la carretera a
Mercedes.
Los terrenos para la obra, es
justo recordarlo, fueron donados por dos figuras prominentes del entonces,
Francisco "Pancho" Pierulivo y Carlos María Casassa. Una obra había
concitado entusiasmo y penas; la remodelación del frente de Paz y Unión.
La piqueta echó abajo un frente de estilo neoclásico italiano de dos plantas que
era una belleza estética, a cambio de un frente mas sólido y moderno. De
pronto ocurrió algo que halló a la vecindad descolocada. Dolores nunca
había recibido a un Embajador. Un funcionario diplomático, entonces
pertenecía a una rara especie ubicable en la capital del país. Un
Cónsul vaya y pase, porque podía serlo cualquier vecino. Los había habido,
y no era cosa del otro mundo. Pero...¿un Embajador?. El caso es que
para el siete de octubre, las autoridades municipales recibieron el alerta desde
Mercedes, que debían estar preparadas, puesto que llegaría de Dolores el
"ilustrísimo y excelentísimo señor Embajador plenipotenciario del Brasil, don
Joao Baptista Luzardo".
A qué venía, no se sabía.
Pero la cortesía de ser anfitriones era ineludible. Con anticipación,
comenzaron los preparativos y las consultas. El diplomático, sin duda
vendría con un séquito que se debía también agasajar, y encima caerían
autoridades nacionales y departamentales. Naturalmente en lo que primero
se pensó, fue en un sarao de rigor en el Club Unión; al mediodía un almuerzo
criollo en "La Rural", por si el hombre quería degustar de nuestras carnes
viniendo de un país de bananas. Se encargó a Montevideo una buena partida
de auténtico Sorocabana, y no la borra que se bebía aquí. Se lavó a rigor
manteles y cortinas; se fregaron hasta el delirio cristales, platerías y
mobiliarios. El negocio fue la venta de telas verdes, amarillas y azules
para disponer de unas cuantas banderas brasileñas. Se probó, izándolas,
ver como habían quedado.
Cuando se estaba por elogiar las
obras de nuestra hábiles costureras, no faltó el aguafiestas de siempre que
recordó los estragos que mas de cien años atrás habían cometido por estos pagos
las huestes del emperador Pedro, y que el impertinente Embajador venía a la
tierra donde se generó la emancipación. Lo silenciaron.
Dolores estaba ocupada en cosas más
amenas que el rigor de la historia.
Lo que nadie pensó, y esto produjo
en su momento un soponcio, era que el diplomático no se iba a pasar todo el
santo día apreciando los progresos doloreños.
A poco de llegar, se le recibió,
dado la fatiga del viaje, en la Junta Local, donde entre curiosos, autoridades e
invitados no cabía un alfiler. Nadie había pensado en un intérprete, por
lo que don Joao Baptista confundido con que lo entendían, se despachó un largo
discurso del que a duras penas se entendió algo, porque
hablaba "un portugués cerradísimo". Citó hasta la fatiga al varón de Mauá,
del que por aquí no se conocía su historia; sólo que había sido el dueño de la
entonces estancia de los Caviglia. Ocurre que por estas comarcas, de la
historia se sabía de Artigas y de los Treinta y Tres, los demás eran etruscos,
gringos, romanos, revolución francesa y Napoleón. Se conjeturó, que el
diplomático hablaba de un familiar y nada más.
Don Joao Baptista se fue y de su
visita sólo quedó un leve y curioso recuerdo. Muchísimos años después,
cuando la cancillería de Itamarati levantó el secreto que pesa sobre documentos
de Estado, se supo que el Embajador no había hecho un caprichoso recorrido
turístico. En 1940, Brasil se preparaba para participar de la guerra junto
a los aliados. Existía una férrea rivalidad con grupos nacionalistas
argentinos, para ejercer el control geopolítico de América del Sur. El
ejército argentino, estaba infectado de oficiales pronazis y en Buenos Aires una
poderosa colonia alemana estaba a las órdenes del Reich. Brasil no tenía
duda alguna, llegado el caso, en atacar e invadir el litoral argentino , el campo
de operaciones era el Uruguay, y en particular, "el vientre blanco de los
orientales", que es la inmensa zona fluvial donde el Uruguay se aproxima al
Plata. El Embajador apreció el estado de carreteras de escasas
guarniciones.
Aquí en Dolores, Rosa era vieja
criada de una familia del centro, y por lo tanto era testigo de primera mano de
los acontecimientos. El fin de semana al tomarse el asueto, los vecinos le
preguntaron acerca de cómo era un embajador.
Rosa sentenció: "Embajador es un
hombre alto, medio gordo, siempre de traje, que habla en bayano".
Por Carlos Saratsola
|