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La necesidad doloreña de un tambor,
una matraca y una corneta
En
el siglo XIX, durante un período, el Uruguay fue gobernado por militares afines
al Partido Colorado; uno de ellos fue el General Máximo Santos. Era un
admirador del Segundo Imperio francés; usaba mostachos, perita y vestía de
gala como Napoleón III. Se hizo pintar varios retratos espectaculares por
Blanes. Su séquito de oficiales y coraceros, era digno de los bulevares
de Paris. Vistió con pieles de tigre del regimiento de Cazadores, dando
pie al rumor de que arrojaba a los felinos a sus enemigos. Otro rumor,
aseguraba su condición de lobisón, por ser séptimo hijo de un portugués.
La historia lo señala como el primer mandatario que rodeó el cargo de un
ceremonial y protocolo imperial.
En 1884 Santos visitó, en su
calidad de Presidente, varios lugares del país. Uno fue Dolores. Su
llegada estremeció hasta las raíces de la sociedad doloreña. Se dispuso
agasajarlo espléndidamente, como convenía a su investidura.
Se encargaron vestidos de gala y
fraques a Buenos Aires, que trajeron por el río. Se adornó la ciudad,
fue reforzada la seguridad con un regimiento traído de revienta caballos desde
Mercedes, no era para menos, Dolores era sospechosamente blanca. Santos
llegó, anduvo en volanta y a caballo. La culminación de su estadía, se
celebró con un baile de gala en el Club Unión, donde lo francés brillaba por
doquier. La sociedad, comentaba de la generosidad del general, el que fue llevado
a la Iglesia y viendo las obras, prometió una donación. La hizo y fue
cuantiosa. La sociedad desconocía las pésimas relaciones de Santos con
el clero. Era masón, y había estimulado los casamientos civiles.
Santos bailó con la doloreña
mas hermosa, Julita Solari. De pronto, el general mandó parar la música,
manifestando que quería agradecer la cordialidad y hospitalidad de los
doloreños. Había apreciado el mal estado de las calles, la falta de un
edificio escolar en buenas condiciones, el hospital que estaba lejos de la
ciudad, el puerto de frágiles maderos, etc. Ofreció atender de
inmediato, lo que las autoridades presentes le solicitaran, tragando saliva ante
el riesgo de un pedido cuantioso.
-Bien señores, ¿qué solicita
Dolores?
-Ya lo tenemos pensado,
Excelencia.
-Pues bien, ¿qué necesita la
Villa?
-Una banda de música, mi
General.
-¿Entendí bien? -preguntó
incrédulo Santos.
-¡Exactamente Sr. General
Presidente!
Santos se marchó, perplejo por
lo curioso e insólito del pedido, que diferenciaba a Dolores del resto de las
ciudades del país que había visitado.
De su bolsillo costeó los
instrumentos que durante muchos años animaron las retretas en las plazas, con
una banda municipal que dirigió Marcelino Varela.
La oposición, no se perdió la
oportunidad de castigar a los solicitantes con una copla anónima y perversa que
decía:
"Mire usted que pueblo de
"coloraus"
jodidos y sotretas.
Se les vino el milico lobizón,
el tigrero Santos,
y adulones y con espanto,
pidieron para Dolores,
como buenos lambetas,
la gracia de un tambor,
una matraca y una corneta"
Por
Carlos Saratsola
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