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"Don
Tiburcio no frena, con el auto topa"
El sólido "Faetón", que luce
nuestro Museo Regional, hoy es el automóvil más viejo de Dolores; aunque nunca
recorrió alguna calle de la ciudad. Perteneció a Pedro Martín Hounie,
vecino de Cololó a principios del siglo pasado. Este automóvil anduvo por
Soriano, mucho antes que los vehículos a motor aparecieran en Dolores. Los
primeros "autos", cuyas diabólicas características mecánicas aterraran y dejaran
pasmado al vecindario, irrumpieron en 1911.
El médico Ricardo Burghi, y uno de los
hermanos Paseyro, fueron los primeros propietarios. Poco tiempo después de
bañar con nubes de tierra, producir recelo entre los transeúntes y el pánico
entre los caballos que circulaban como Dios manda por la ciudad, protagonizaron
el primer choque en una esquina. No hubo víctimas.
La opinión
pública por entonces, se dividió entre los admiradores de la maquinaria que
anunciaba un mundo moderno de invenciones imperdibles, y quienes denostaron a
los aparatos porque confiaban más en la ancestral sabiduría de los caballos de
tiro, que en estas máquinas capaces de escapar al control humano. El cura
párroco Galarraga, quien se jactó de jamás haber trepado a alguno, sostenía que
los autos eran una herejía del mundo moderno contra las leyes divinas, siendo
elocuente que su fabricación proviniese de países protestantes.
No
obstante los reparos, paulatinamente los vecinos con poder económico, fueron
trayendo máquinas rodantes, como los Cabo, Olivera, Ferrando, Tiburcio
Fernández, Rodolfo Delgado, los Etchezarreta y los Ruiz. Hubo notas en la
prensa decimonónica, proponiendo calles para la exclusiva circulación de los
vehículos, y hasta horarios para que los ruidosos Daim-ler, Pannard, Hispania,
no perturbaran el descanso de los vecinos.
En 1927 los conservadores
estaban domados: los hermanos Lorenzi traen embarcados los Ford T que se
derraman por las calles doloreñas; uno de ellos conducido escandalosamente por
una señorita Solari, a la que los brutos inconscientes de la emancipación
femenina, gritaban al pasar muy rauda: ¡"machona"!. Por aquel tiempo, don
Juan Calcagno se hace cargo de la línea Chevrolet. Vendió tantos que se
apuntó un premio: ser el vendedor más grande de la empresa en todo el país.
En los años cuarenta, el
automóvil era ya una cosa natural. Los Cabo que fueron los primeros
ocurrentes en poner vehículo de alquiler, para trasladar vecinos fueron seguidos
-primeros taximetristas- por Alegre y Ferrari. La década del cuarenta y
del cincuenta, permitió a los doloreños extasiarse con especies deslumbrantes:
el Packard de "Chacho" Mazzolini, el Plymouth convertible de Ñato Llorens, en el
que circuló durante su visita el Presidente Batlle Berres; el lujoso Chryster de
Don Daniel Rostán, y el solemne Cadillac de Santiago Escandell.
La modernidad transformó las
máquinas en algo rutinario.
Pero quedaron historias. En la
intersección de (la actual) Barros y 18 de Julio, residía Don Tiburcio Gómez
propietario de un inmenso Hispano Suizo, cuyo capot de motor, ¡cubría
casi tres metros!. Sacarlo del garaje era una operación de guerra, porque
el pesado vehículo y la edad del conductor, hacían lenta la operación que
prácticamente clausuraba la calle hasta enfilar en una dirección. Tan
precavido era don Tiburcio, que antes de sacar el auto ponía un peón a la cuadra
para advertir al tránsito.
Don Tiburcio, no sabía de
desacelerar y hacer cambios; arrancaba y a la velocidad que imprimía con el pie,
ponía una mano en el duro volante y la otra iba oprimiendo sin parar la vejiga de
una ruidosa trompeta que le servía de bocina. El anciano era el terror del
tránsito. Como decían los perversos, Don Tiburcio "no sabe frenar, se
detiene contra alguien topándolo".
Por Carlos
Saratsola
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