Dolores, 24 de octubre de 2006

 

 

 

 Anécdotas de Dolores

 
 

"Don Tiburcio no frena, con el auto topa"

El sólido "Faetón", que luce nuestro Museo Regional, hoy es el automóvil más viejo de Dolores; aunque nunca recorrió alguna calle de la ciudad.  Perteneció a Pedro Martín Hounie, vecino de Cololó a principios del siglo pasado.  Este automóvil anduvo por Soriano, mucho antes que los vehículos a motor aparecieran en Dolores.  Los primeros "autos", cuyas diabólicas características mecánicas aterraran y dejaran pasmado al vecindario, irrumpieron en 1911.

El médico Ricardo Burghi, y uno de los hermanos Paseyro, fueron los primeros propietarios.  Poco tiempo después de bañar con nubes de tierra, producir recelo entre los transeúntes y el pánico entre los caballos que circulaban como Dios manda por la ciudad, protagonizaron el primer choque en una esquina.  No hubo víctimas. 

La opinión pública por entonces, se dividió entre los admiradores de la maquinaria que anunciaba un mundo moderno de invenciones imperdibles, y quienes denostaron a los aparatos porque confiaban más en la ancestral sabiduría de los caballos de tiro, que en estas máquinas capaces de escapar al control humano.  El cura párroco Galarraga, quien se jactó de jamás haber trepado a alguno, sostenía que los autos eran una herejía del mundo moderno contra las leyes divinas, siendo elocuente que su fabricación proviniese de países protestantes. 

No obstante los reparos, paulatinamente los vecinos con poder económico, fueron trayendo máquinas rodantes, como los Cabo, Olivera, Ferrando, Tiburcio Fernández, Rodolfo Delgado, los Etchezarreta y los Ruiz.  Hubo notas en la prensa decimonónica, proponiendo calles para la exclusiva circulación de los vehículos, y hasta horarios para que los ruidosos Daim-ler, Pannard, Hispania, no perturbaran el descanso de los vecinos. 

 

En 1927 los conservadores estaban domados: los hermanos Lorenzi traen embarcados los Ford T que se derraman por las calles doloreñas; uno de ellos conducido escandalosamente por una señorita Solari, a la que los brutos inconscientes de la emancipación femenina, gritaban al pasar muy rauda: ¡"machona"!.  Por aquel tiempo, don Juan Calcagno se hace cargo de la línea Chevrolet.  Vendió tantos que se apuntó un premio: ser el vendedor más grande de la empresa en todo el país.

En los años cuarenta, el automóvil era ya una cosa natural.  Los Cabo que fueron los primeros ocurrentes en poner vehículo de alquiler, para trasladar vecinos fueron seguidos -primeros taximetristas- por Alegre y Ferrari.  La década del cuarenta y del cincuenta, permitió a los doloreños extasiarse con especies deslumbrantes: el Packard de "Chacho" Mazzolini, el Plymouth convertible de Ñato Llorens, en el que circuló durante su visita el Presidente Batlle Berres; el lujoso Chryster de Don Daniel Rostán, y el solemne Cadillac de Santiago Escandell.

 

La modernidad transformó las máquinas en algo rutinario. 

Pero quedaron historias.  En la intersección de (la actual) Barros y 18 de Julio, residía Don Tiburcio Gómez propietario de un inmenso Hispano Suizo, cuyo capot de motor,  ¡cubría casi tres metros!.  Sacarlo del garaje era una operación de guerra, porque el pesado vehículo y la edad del conductor, hacían lenta la operación que prácticamente clausuraba la calle hasta enfilar en una dirección.  Tan precavido era don Tiburcio, que antes de sacar el auto ponía un peón a la cuadra para advertir al tránsito.

Don Tiburcio, no sabía de desacelerar y hacer cambios; arrancaba y a la velocidad que imprimía con el pie, ponía una mano en el duro volante y la otra iba oprimiendo sin parar la vejiga de una ruidosa trompeta que le servía de bocina.  El anciano era el terror del tránsito.  Como decían los perversos, Don Tiburcio "no sabe frenar, se detiene contra alguien topándolo".

 

Por Carlos Saratsola

 

 

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