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"La violación del luto:
los Cabo muerden el polvo y los pelandrunes en pata"
Concluye
la Guerra Civil. Dolores experimenta entre 1906 y 1906, los primeros
síntomas del "Uruguay batllista". La única contención a la
violenta secularización de la sociedad fue el Colegio Teresiano, impulsado por
Galarraga y la debilitada fuerza católica. Las religiosas llegaron un
día de reyes muertas de calor y de la fatiga de un viaje de diligencia desde
Mercedes que les llevó todo el día.
Hubo
arrebato de campanas y misa. Un desquite a la administración de las horas
por el reloj municipal y al echar mano sin pudor en el cementerio por parte del
"estado", una cosa que recién se empezaba a comprender. Los
blancos vencidos y de duelo, recibieron en el Paso de Ramos a un héroe.
Era Juan Urán, "el Cabo Negro"; regresaba herido de Masoller donde
había sepultado un hijo en el campo de batalla. Vivió ocho años más
para narrar a la sombra de un paraíso la gesta de Saravia, del que fue
escudero.
Entre el Dolores "de arriba", y el
"de abajo", se comenzó a edificar con frenesí llenando el vacío urbano que hubo
por décadas entre la aglomeración edilicia opulenta del puerto; y "allá arriba",
el caserío que se apretujaba alrededor de la iglesia. Un hecho sobresaltó
al vecindario temeroso de que fuera origen de otro desastre. Cierta noche,
mientras el comisario y los policías hacían "la ronda", intercambiando
información con un código de pitazos, el pito del comisario Jacinto Sánchez dejó
de sonar.
Don Jacinto era hombre de Pueblo
Galarza. Lo hallaron herido a puñaladas. No fue un atentado.
Resulta que Don Jacinto quería llevar el rigor de la ley a "la Fonda del Tambo"
y allí no había ley que valiese un real.
La
Fonda -que era un tambo- se hallaba en la parte más inexpugnable y remota del
Chaco. Un territorio de matorrales, arbustos y bañados
traicioneros. La Fonda era prostíbulo, refugio de peligrosos delincuentes
y ruidoso garito clandestino. El comisario quiso poner límite al
desenfreno y lo cosieron a puñaladas. Nunca nadie pudo clausurar aquel
antro protegido por la topografía del Chaco. La comidilla del año fue la
guerra desatada entre los Péndola y los Cabo, dos familias prominentes.
el
trofeo era la gerencia del Banco de la República que se instalaría en la
ciudad. Cargo apetecible y dulce. Desde Montevideo don Pepe Batlle
designó a Péndola. Enterado Cabo, rico comerciante con casa sobre el
río donde tenía embarcadero privado, se encerró de vergüenza y se apartó de
toda vida social.
Había
sido -y en vano- generoso contribuyente del Partido Colorado. Cuando se
inauguró el edificio diseñado por Shaw, los hijos de Cabo escupieron en la
puerta.
Detrás
del cementerio, un puñado de jóvenes producía una algarabía que molestaba al
cura Galarraga, y tenía en ascuas a los chacreros linderos Miquelerena (o
Miguel Lerena) y Bonifacio, que vigilaban armados sus maíces y zapallos.
Allí el hijo de un farmacéutico, un dentista y un comerciante, corrían detrás de
un amasijo de trapos.
Llegó el fútbol, el primer deporte
popular urbano que relegó las prácticas de tenis y esgrima de la sociedad rica
de Dolores.
Lo
que pateaban se llamaba "balón". Tres años después,
Santos Aizpeolea, que viajaba seguido a Buenos Aires para traer mercaderías a
la farmacia de su padre, trajo una pelota inglesa de cuero con la que se
trasladaron para jugar en un baldío del Chaco, lindero a la casa de
Romer. En frente de la farmacia, Santos hizo unas demostraciones con el
balón. Cuando picaba altísimo, la gente aplaudía y gritaba.
Cuando le pegó con la cabeza todos creyeron que se había matado.
Cuando
pateó y corrió rauda hacia el gentío, la multitud huyó despavorida. La
copia burlona que corría por el pueblo decía:
"La
juerga es sonza y barata,
los
señores corren y hasta en pata.
Las
órdenes son en un inglés
que
ellos pronuncian como hojalata.
Todo
está bien: mientras no se rompan una pata".
Por Carlos
Saratsola
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