Dolores, 24 de octubre de 2006

 

 

 

 Anécdota de Dolores

 
 

"La violación del luto: los Cabo muerden el polvo y los pelandrunes en pata"

Concluye la Guerra Civil.  Dolores experimenta entre 1906 y 1906, los primeros síntomas del "Uruguay batllista".  La única contención a la violenta secularización de la sociedad fue el Colegio Teresiano, impulsado por Galarraga y la debilitada fuerza católica.  Las religiosas llegaron un día de reyes muertas de calor y de la fatiga de un viaje de diligencia desde Mercedes que les llevó todo el día.

Hubo arrebato de campanas y misa.  Un desquite a la administración de las horas por el reloj municipal y al echar mano sin pudor en el cementerio por parte del "estado", una cosa que recién se empezaba a comprender.  Los blancos vencidos y de duelo, recibieron en el Paso de Ramos a un héroe.  Era Juan Urán, "el Cabo Negro"; regresaba herido de Masoller donde había sepultado un hijo en el campo de batalla.  Vivió ocho años más para narrar a la sombra de un paraíso la gesta de Saravia, del que fue escudero.

 

Entre el Dolores "de arriba", y el "de abajo", se comenzó a edificar con frenesí llenando el vacío urbano que hubo por décadas entre la aglomeración edilicia opulenta del puerto; y "allá arriba", el caserío que se apretujaba alrededor de la iglesia.  Un hecho sobresaltó al vecindario temeroso de que fuera origen de otro desastre.  Cierta noche, mientras el comisario y los policías hacían "la ronda", intercambiando información con un código de pitazos, el pito del comisario Jacinto Sánchez dejó de sonar. 

Don Jacinto era hombre de Pueblo Galarza.  Lo hallaron herido a puñaladas.  No fue un atentado.  Resulta que Don Jacinto quería llevar el rigor de la ley a "la Fonda del Tambo" y allí no había ley que valiese un real.

La Fonda -que era un tambo- se hallaba en la parte más inexpugnable y remota del Chaco.  Un territorio de matorrales, arbustos y bañados traicioneros.  La Fonda era prostíbulo, refugio de peligrosos delincuentes y ruidoso garito clandestino.  El comisario quiso poner límite al desenfreno y lo cosieron a puñaladas.  Nunca nadie pudo clausurar aquel antro protegido por la topografía del Chaco.  La comidilla del año fue la guerra desatada entre los Péndola y los Cabo, dos familias prominentes.

el trofeo era la gerencia del Banco de la República que se instalaría en la ciudad.  Cargo apetecible y dulce.  Desde Montevideo don Pepe Batlle designó a Péndola.  Enterado Cabo, rico comerciante con casa sobre el río donde tenía embarcadero privado, se encerró de vergüenza y se apartó de toda vida social.

Había sido -y en vano- generoso contribuyente del Partido Colorado.  Cuando se inauguró el edificio diseñado por Shaw, los hijos de Cabo escupieron en la puerta. 

Detrás del cementerio, un puñado de jóvenes producía una algarabía que molestaba al cura Galarraga, y tenía en ascuas a los chacreros linderos Miquelerena (o Miguel Lerena) y Bonifacio, que vigilaban armados sus maíces y zapallos.  Allí el hijo de un farmacéutico, un dentista y un comerciante, corrían detrás de un amasijo de trapos.

Llegó el fútbol, el primer deporte popular urbano que relegó las prácticas de tenis y esgrima de la sociedad rica de Dolores.

Lo que pateaban se llamaba "balón".  Tres años después,  Santos Aizpeolea, que viajaba seguido a Buenos Aires para traer mercaderías a la farmacia de su padre, trajo una pelota inglesa de cuero con la que se trasladaron para jugar en un baldío del Chaco, lindero a la casa de Romer.  En frente de la farmacia, Santos hizo unas demostraciones con el balón.  Cuando picaba altísimo, la gente aplaudía y gritaba.  Cuando le pegó con la cabeza todos creyeron que se había matado.

Cuando pateó y corrió rauda hacia el gentío, la multitud huyó despavorida.  La copia burlona que corría por el pueblo decía:

"La juerga es sonza y barata,

los señores corren y hasta en pata.

Las órdenes son en un inglés

que ellos pronuncian como hojalata.

Todo está bien: mientras no se rompan una pata".

 

Por Carlos Saratsola

 

 

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